Dignidad y función

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. Si alguien disiente, sería bueno que lo hiciera saber con prontitud a sus amistades y familiares, sus votantes, sus followers o sus fieles. Con claridad.

La formulación, clara y optimista, rezuma fe en la razón, potente linterna, y en el bastón seguro de una conciencia recta. Así, con ambos medios, la convivencia será un camino firme y bien trazado, sin baches ni puntos negros ni salteadores. En esta confianza, los Derechos Humanos han ido creciendo y conforme se ensancha la percepción de los requisitos que hacen digna la vida,  hablamos de derechos de primera, segunda y tercera generación.

Nadie con dos dedos de frente se atrevería a negar de entrada la dignidad de cualquier persona. De entrada. Luego, como veremos, hay matices, por decir algo, matices tan gordos como sapos gordos, que dejan de serlo para convertirse en contradicciones cuando no negaciones claras de lo que se afirma.

Una reciente declaración del Papa Francisco, sin ir más lejos, sirve de ejemplo. Dice el argentino pontífice que la mujer es imprescindible en la Iglesia  (¿la mujer?, ¿qué mujer?, ¿solo una?, ¿no sería mejor hablar de las mujeres?) y declara que  “María, una mujer, es más importante que los obispos. Digo esto porque no hay que confundir la función con la dignidad”. Desde luego, no confundamos  función con dignidad ni tocino con témporas ni culo con velocidad, pero este discurso cuestiona la capacidad de razonamiento que la Declaración Universal atribuye al género humano. Porque vamos a ver, ¿cómo medimos la dignidad en este valle de lágrimas? Pues muy sencillo, por lo que se nos reconoce como derecho, por lo que hay que batallar, por cómo nos tratan, por lo que nos pagan, por lo que nos deben, por los puestos que podemos ocupar, por los que no, por el acceso a los recursos y al poder. Aquí y en Madagascar esta es la medida real de la dignidad atribuida a cualquier grupo humano. La que cuenta. Así que si hay funciones que están vedadas para un colectivo, la dignidad de ese colectivo está recortada por no reconocida en su totalidad (ver castas en India). Esto yendo al grano.

En lo periférico, aunque no menos significativo, ¿qué le pasa al Papa y a tanto presbítero con la Virgen? ¿En qué plano de la realidad la Virgen es más importante que los obispos? María ha sido modelo de mujer (¿va por ahí la importancia?), la que dice que sí, la que se fía, siempre dispuesta, la poseedora de un cuerpo desconectado de sí en el que otros obran, sin participación consciente ni huella posterior.  Las mujeres no somos así. Los obispos, no sé. 

Supongo que no soy la única que cuando lee estas cosas,  siente que lo de la dignidad… bueno… pues eso.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: