Dos noticias que son la misma

 

Dos noticias. Una referida al ámbito nacional, otra al local. La primera da cuenta de los números de la pobreza severa, que afecta a más de tres millones de personas en nuestro país. Bajo dicho epígrafe se sitúan todas aquellas personas que cuentan con menos de 307 euros al mes. La cifra es dolorosa, como la que fija en el 26,7% el índice de pobreza infantil. La segunda noticia acerca el zoom a Burlada, donde en un año han aumentado en un 20%, hasta situarse en 600, las familias que solicitan ayuda a Cáritas para cuestiones de primera necesidad. Dos dimensiones para una misma realidad.

Leerlas para las ocho de la mañana deja una más que justificada desazón que se vuelve mala conciencia y el día arranca con desánimo. Poner palabras es ocioso. Ambas noticias provocan un efecto inmediato, llenan la cabeza de situaciones concretas, fotogramas de los no se puede, los no llega, los ya lo siento.

Hay una frase de Gandhi que se me erige en fondo de pantalla: “Cuando toméis una decisión tened ante los ojos la imagen del hombre más pobre que nunca os hayáis encontrado, y preguntaos si le va a ayudar esa decisión. Si la respuesta es sí tomadla sin dudar. Este consejo es justo eterna y universalmente”.

(Un inciso: según las estadísticas y tal como repetía la incombustible Carmen Sarmiento, el hombre más pobre de la Tierra no es la persona más pobre del planeta, ese puesto lo ocupa una mujer y esa mujer a menudo tiene a su cargo a sus criaturas. Y otro más, en la imagen ampliada, la de Burlada, el perfil de las familias empobrecidas gana rasgos autóctonos.)

Algunos de los grandes proyectos ideológicos, religiosos, políticos y morales han considerado la propiedad privada o su acumulación como vicio, pecado, mal menor, usurpación o robo. Habrá quien considere estas formulaciones maximalistas y demagógicas, simplistas (de cualquier manera, parece que el exceso de propiedad de unos sectores es directamente proporcional al déficit de otros mucho más amplios),  pero con la claridad de los buenos eslóganes ponían en palabras una intuición certera y bastante común, el derecho a la vida no es un derecho a la vida puramente biológica y a su mantenimiento más o menos precario, que resulta bastante barato, sino un derecho a la vida en condiciones y en nuestro entorno, esas condiciones requieren bastante más que trescientos euros al mes. ¿Se atreverían a hacer la prueba? Se empieza el primero de mes con esa cantidad en la cartera y se apunta el día en que definitivamente ya no queda más. A partir de ese momento, se pueden anotar las demandas y necesidades que se dejarían sin atender de no tener más dinero. Y las alternativas para satisfacerlas si las hay. Es un ejercicio teórico pero clarificador.

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