Perlas de ayer y de hoy

 

Cuenta mi madre que contaba la suya que había una vez un muchacho. En boca de mi abuela, la palabra muchacho no indicaba juventud, más bien sugería que la persona a quien hacía referencia tenía más o menos su edad y en segundo lugar, pero esto ya en la sombra, que lo de hacerse mayor era una puñeta. Eso para empezar. Este muchacho que había una vez vivía en Pamplona, en la Mañueta, Tejería o Descalzos, una de las calles de Pamplona de toda la vida. Y aproximadamente, podían correr o ir a paso tranquilo los años cuarenta. Un fondo sepia.

Pues bien, todas las mañanas (eso estaba muy claro en el relato, pero se ignora si el hecho se producía nada más levantarse, si después de desayunar o si al salir de casa y por lo tanto si en pijama, si desnudo, si a medias o si vestido de calle), ante el espejo (que nunca llegaremos a saber si era de cuerpo entero, de medio cuerpo o  del tamaño de una cuartilla) donde comprobaba si se había afeitado bien o no en caso de hacerlo, pues también desconocemos si llevaba barba, perilla, bigote o si dejaba la cara despejada y tampoco nos ha llegado noticia alguna sobre sus hábitos de higiene ni falta que hace, al grano, este muchacho, digo, se plantaba bien tieso, echaba una legañada a la imagen reflejada que seguramente le sonreiría, se complacía en la visión  y soltaba un pletórico: ¡Rediez, qué majo soy! Esto, para mí, y díganme si no estoy en lo cierto, es la expresión más inocente y redonda de la satisfacción con uno mismo. Qué majo, la verdad.

Como los caminos de la mente son inextricables o de cabras o se enredan sin más, recordé esta anécdota el otro día por oposición, al reírnos de ciertos palabros con que pretendemos adornarnos y que la talibana que llevo dentro entiende que usamos  para compensar la falta de lo que le sobraba a este Adonis del espejo, que seguramente acabó siendo abuelo de alguien. Intentábamos cuadrar un dialoguillo petardo pero no demasiado improbable. Imagínense. Dos personas adultas conversan. “Cariño, ha sobrado pollo. Para mañana.”Habrá que ponerlo en valor.” “¿Y con qué podríamos implementarlo? “Yo apuesto por algo verde.” “Hay que ir a comprar.” “Conviene hacer una hoja de ruta, que si no, siempre se compra de más o se olvida algo.” “Prefiero analizar la oferta.” ”Vale, pero cuando tengas claros los escenarios que se nos abren,  me comentas y te hago un fizbac.””Un  fidforguar te hacía yo a ti.”

El muchacho del que hablaba mi abuela saldría a la calle a comerse el mundo. Estos otros, se van a comer un pollo implementado. Qué poca rasmia.

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